Puede que esta sea la novela a la que Arturo Pérez-Reverte tenía que llegar. La que fue alimentando mientras frecuentaba otras historias, armaba otros libros, acumulaba vida y lecturas. Nunca le han faltado temas para escribir, pero sólo en El italiano ha querido volcar de golpe ese puñado de asuntos que en verdad le importan y que tienen que ver con los instintos, con la lealtad, con la cuota de razón y sinrazón que empuja algunas existencias. Con algunas sospechas tremendas.
Alrededor de una trama de amor, mar y guerra, en 400 páginas, concreta no sólo una aventura apasionada, sino una precisa geografía de obsesiones propias que de repente toman sentido como un mapa de todo lo recorrido hasta ahora, en la literatura y en lo otro. Pero hay algo más: la exploración de unos contornos humanos que son el retablo del novelista dispuesto a no aceptar lo irremediable, pues aquí lo que importa no es la guerra, ni sus miserias, ni sus torpes heroísmos sublimados, sino la elegancia de saber abandonar demasiadas cosas para lograr exactamente una. Vivir como había que vivir.
Algo de la trama la encontrarán en la contraportada del libro (y con más precisión, leyéndolo). Sucede en los años 1942 y 1943, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando un equipo de buzos de combate italianos hundió o dañó 14 barcos aliados en Gibraltar y la bahía de Algeciras. Un puñado de hombres contra una flota. Colaboradores del fascismo contra los ingleses. Ese es el contexto, pero el fondo es otro: viene de un amor imprevisto entre una joven librera de 27 años y uno de esos tuffatore; viene de certezas, abandonos y heridas que no logran quebrantar la dignidad; viene de cómo cristaliza una pasión -en el cruce de dos ideologías enemigas- y ésta determina hasta su extremo algunas biografías; viene de la complejidad de ciertos seres dispuestos a romperse el alma por causas que buscan paz en la propia destrucción; viene del compromiso y de las dudas; viene de ese lugar de encuentro entre el Mediterráneo y el Atlántico; viene del mar.
Hay libros capaces de enclavijar al lector a la realidad mientras empujan a adentrarse en lo más insólito del mundo. Porque la vida se concreta mejor en lo pequeño. El italiano es uno de ellos. Sabemos (o descubrimos) que todo lo que explora ocurrió, pero a la vez algo pertenece a la más alta tradición de lo que puede ser inventado. Lo mejor de algunas novelas perfectamente rematadas es que, en su travesía, nos acercan un poco más a la vida cambiando las cosas de lugar, y despliegan las tenebrosas trampas que la instigan.
El italiano es también un secreto guardado por las horas. Y ahí es donde surge otro de los grandes personajes del libro: la memoria. Porque recordar es habitar las sombras. Sujetarse de otro modo, con más aviso. Por eso el autor también infiltra en estas páginas sus heridas internas de guerra.
Veinte novelas después, Arturo Pérez-Reverte ha fijado, fiel a los hechos, esa historia que le contó su padre y que habla, además, de la necesaria revancha de algunos naufragios que ocurren, como en la literatura, más allá del mar.
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