CULTURA
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In memoriam

Oriol Bohigas, el déspota

La lección más impresionante de la Barcelona de Bohigas es lo difícil que está resultando destruirla

Oriol Bohigas
Imagen de archivo de Oriol Bohigas.
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Ha muerto un déspota y es una mala noticia. En las dos décadas finales del siglo XX, Oriol Bohigas desempeñó ese papel en la ciudad de Barcelona. Y lo hizo con eficacia, belleza, músculo y buen humor. La transformación de la ciudad en torno a los Juegos Olímpicos fue la feliz obra de su despotismo y para entenderlo solo cabe imaginar qué habría sido, en la delirante cacofonía imperante, del proyecto de dotar a Barcelona de un mar o de limpiar la roña centenaria del Raval, por citar dos intervenciones urbanísticas fundamentales de aquel tiempo.


Cuando Bohigas, después de una correcta carrera de arquitecto moderno que incluyó la tautológica ironía de La Colmena -su mejor obra, en la Avenida de la Meridiana: una colmena es una colmena es una colmena-, empezó a diseñar la Barcelona fin de siglo, traía en su equipaje la herencia noucentista, la Cataluña ciudad, y su aspiración de orden, jerarquía y claridad. Y era consciente de que la reconstrucción de Barcelona -aunque la palabra quizá sea algo pesada y adanista- significaría una reconstrucción de orden moral, ceñida al elemental pero incuestionable principio de que cuesta más tirar un papel al suelo cuando el suelo está limpio.

Perspectiva general de la villa y el puerto olímpicos de Barcelona.
Perspectiva general de la villa y el puerto olímpicos de Barcelona.


Sus planes recibieron muy pronto el embate de la reacción. Como además de déspota era un polemista brillante y agradecido, no rehuyó jamás la réplica y de ahí nació una conversación pública que marcó durante algún tiempo la actividad intelectual de las élites catalanas. Entre las decisivas aportaciones de Bohigas y de su tiempo a la cultura estuvo, sin duda, la conversión de la ciudad en un tema. Fue una época vivaz, en la que la gente hablaba y decía las cosas más peregrinas, pero con la feliz garantía de que sus expansiones verbosas no iban a influir en las decisiones que los expertos tomaran. El ejemplo precoz, aunque intenso y emblemático de esos ejercicios, fue la discusión sobre las plazas duras, a partir de ejemplos como el de la Plaza de la estación de Sants o el de la Plaza de la Palmera, del barrio de la Verneda. En este último caso, agravada la discusión por la instalación de la escultura de Richard Serra, El muro, que la turba vecinal planeó derribar, sin éxito. Recuerdo vivamente el primer día en que Bohigas participó, aunque sin inmutarse demasiado, en la discusión: "También Il Campo de Siena o la Plaza Mayor de Madrid son plazas duras", zanjó. A veces su capacidad polémica rebasaba la jurisdicción barcelonesa. Su severidad minimalista tenía una veta de luminosidad mediterránea, que reflejaban, a veces, sus corbatas, sus calcetines e incluso sus francas carcajadas. Su propuesta de demolición más o menos simbólica de El Escorial, que tanto ruido levantó, fue una reacción, más que a la arquitectura herreriana, al lóbrego carácter que impregnaba a sus ojos el colosal edificio.


Así, su noucentisme trajo muchos rendimientos, entre los que no cabe ignorar su desprecio por La Sagrada Familia y su oposición a la continuidad de las obras. Aún en pleno franquismo fue uno de los promotores de un célebre manifiesto por la paralización de los trabajos. El asunto tenía una derivada, más o menos anecdótica, en la propia biografía de Bohigas, que con veinte años había firmado un artículo -su primer artículo- favorable al proyecto, en el que se hacía alusión a las "hordas marxistas". La importancia del hecho, dada la edad del muchacho, era relativísima y aún lo hubiera sido menos de no haberlo ignorado pudorosamente en el valioso y minucioso primer volumen de sus memorias.


Bocetos iniciales del desarrollo de la villa olímpica, el puerto y el parque del litoral de Barcelona.
Bocetos iniciales del desarrollo de la villa olímpica, el puerto y el parque del litoral de Barcelona.

Bohigas no solo diseñó la forma de la ciudad, sino que se ocupó también de los contenidos, principalmente en su etapa como responsable municipal de Cultura. Suya fue, muy influenciado por un proyecto anterior a la Guerra Civil, en el que había participado su propio padre, la decisión de agrupar en el Museu Nacional d'Art de Catalunya (Mnac) las colecciones de otros museos, como el de Arte Moderno o el Clarà. Una decisión sentimental, ideológica, política, que pretendía demostrar, mediante el arte, hasta qué punto Cataluña era una nación, con continuidad histórica. Su problema, que nunca admitió como tal, es que, en efecto, consiguió demostrar hasta qué punto podía hablarse de la continuidad histórica de Cataluña. Al extravío historicista y la destrucción de los pequeños museos se añadió el proyecto ortopédico y panfletario de Gae Aulenti, una elección personal de nuestro urbanista, que resume el lado feo de una impronta mayúscula.


Como suele suceder con los grandes hombres, el final de la vida de Bohigas trae incómodas preguntas sobre el presente. Sobre la calidad de la conversación pública, sobre la dialéctica entre el Príncipe (Serra, brevemente y, sobre todo, Pasqual Maragall) y el Arquitecto, sobre las causas del esplendor -y la decadencia- de las ciudades y sobre los límites de la democracia en la toma de decisiones que habrán de marcar la vida de generaciones diversas. Es legítimo reflexionar, acerca de esto último, sobre la inconveniencia de que muchas de esas trascendentales decisiones se tomen en caliente, es decir, atendiendo al hervor y a los sometimientos de la época. Otro punto a favor del despotismo. La última acepción de la palabra, y la que aquí interesa, es la del hombre que "ejercía mando supremo en algunos pueblos antiguos". Ese fue nuestro hombre pero, sobre todo, ese fue el pueblo que encontró. Ponerse al frente, sin mirar atrás, sin atender a sus veleidosos humores ni a sus pueriles ignorancias, fue la mayor de sus virtudes y motivo de agradecimiento de los que siguen vivos y de los que vivirán. La lección más impresionante de la Barcelona de Bohigas es lo difícil que está resultando destruirla.

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