«¡Ah, no!». El grito de alarma y miedo resonó en la sala 038 del Museo del Prado de Madrid. Corrían las 13.08 horas del 5 de noviembre. Dos jóvenes han atravesado la cinta de seguridad que separa a los visitantes de los cuadros y se disponen a hacer una pintada entre dos grandes obras de la pintura universal. Y una pegada...
El «Ah, no!» llega tarde. Él, sujetando un bote de Loctite, se ha echado un pegote de adhesivo en la mano derecha y la ha colocado sobre el marco del lienzo a la altura del codo de La Maja Vestida de Goya. Mientras tanto, ella termina de pintar en la pared entre las dos majas la cifra «1,5º C» con témpera negra. A continuación, deja los útiles de pintura en el suelo, se quita el jersey, recoge un tubo de pegamento de contacto de su compañero y pega su mano derecha a la altura de los pies del marco de La Maja Desnuda.
Los abucheos se suceden ante las obras del maestro Francisco de Goya. Una vigilante de sala intenta que los dos jóvenes activistas de la desconcertante escena cejen en su actitud. Sin embargo, ya estaba hecho. Pintada y pegadas. Por vez primera en España, un grupo activista ponía en la diana de sus «acciones» reivindicativas a grandes obras pictóricas de valor incalculable, patrimonio de la humanidad.
Sam es un santanderino de 18 años que estudia Dirección de Fotografía. Alba, una madrileña de 21 que cursa el grado en Biología. Ambos son veganos «por ética personal» y militantes del grupo Futuro Vegetal. Por ellos retumbó el «¡Ah, no!» frente a las grandes obras de Goya. Se pegaron, sí, con Loctite, dicen que «en legítima defensa propia», a los marcos de Las Majas de Goya del Museo del Prado. Al menos uno quedó dañado. En las manos de ellos, cuando quedaron con Crónica para las fotografías (iban a posar caracterizados cada uno como una Maja, pero lo reconsideraron), ya no hay rastro alguno del Loctite. «No ha quedado nada», cuenta él mientras muestra las palmas. «Se fue con agua caliente y jabón». Para Sam es su quinta acción con el grupo. Para ella, su segunda..
«No queremos gustar y sabemos que no vamos a gustar porque la desobediencia civil molesta. Sabemos que molestamos pero necesitamos crear una disrupción para que la democracia funcione porque ésta se basa en el conflicto social y cuando dicho conflicto existe se toman medidas», cuenta Sam a Crónica con el semblante serio. «Al final la incomodidad es lo que va a mover a la gente», apuntala rápidamente Alba.
Ambos protagonistas habían planificado su golpe de efecto -«teníamos preparada la coreografía para que saliese todo bien y con un buen timing», cuentan- y se encontraban equipados con pertrechos necesarios: dos botes de Loctite, uno de témperas al agua negra y un rodillo para pintar.
«Acción directa no violenta» es la expresión que sus protagonistas emplean para describir sus actos en la pinacoteca madrileña. Un lenguaje similar al utilizado por el Museo del Prado, que en un primer momento tildó los sucesos de «acto de protesta» para, días más adelante, escalar dialécticamente y hablar de «ataques». Una palabra con la que coincide el departamento de Historia del Arte de la Complutense que, en un duro comunicado, asegura que para estas personas «Todo vale para llamar la atención» y que «no son vándalos porque saben perfectamente lo que hacen, los límites en los que se pueden mover para arriesgarse, pero no demasiado, lo justo». Un riesgo, que la Justicia parece haber cuantificado en un posible delito contra el patrimonio histórico por el que se acusa a ambos activistas, así como a dos periodistas que acudieron a cubrir el suceso.
Frente al corpus acusatorio sobre este tipo de protestas que hacen los académicos de la Complutense, los jóvenes no titubean. De hecho, sus argumentos hasta coinciden: «Nos informamos de las consecuencias legales que podría tener y estaba todo bastante claro. No fuimos a lo loco», explica Sam. «Sabíamos que los cuadros no tenían cristal y decidimos no utilizar un spray por si salpicaba mucho», apunta su compañera. «Sin embargo», prosigue Alba, algo les pilló por sorpresa: «No esperábamos el tiempo que estuvimos detenidas y que pasamos en los calabozos».
Allí llegaron después de que el Prado desalojara la estancia y cambiara a los turistas y visitantes guiados por un grupo de vigilantes de sala, guardias de seguridad y policías nacionales que observaban cómo las restauradoras del museo fueron «poco a poco» despegándolos «con crema Nivea y un pincel». «Lo hacían con cuidado mientras lo grababan y nos enseñaban que era un producto que no nos hacía daño», recuerdan. «Le pedí disculpas a la restauradora porque entiendo que a ella le interesa mucho el arte, pero ella me dijo que no le hablara. Entiendo que estuviese enfadada», cuenta Sam. ¿Qué pasó cuando fueron despegados? «Esposas», espetan ambos al unísono.
Entonces llegó el paso por los calabozos de las comisarías de Retiro, Moratalaz y Plaza Castilla que, por el momento -a la espera del proceso judicial en el que además de la fiscalía se han personado Vox y expertos en la obra de Goya como acusación particular- ha sido la consecuencia más obvia de sus actos. Sin embargo, no les ha llevado ni a arrepentirse, ni a amedrentarse. «Repetir lo mismo no [tendría sentido] porque ya hemos hecho la acción y tendríamos que discutir si tiene sentido volver a hacerlo, pero estoy dispuesto a seguir haciendo acciones de desobediencia civil», cuenta Sam. Una reflexión con la que su compañera está de acuerdo. «Vimos [inspirados por Just Stop Oil] que [esto] tenía mucha repercusión mediática y por eso decidimos hacerlo, para que llegue a más gente, pero al final las acciones dependen del momento y de la creatividad. Si vemos que se nos ocurre otra cosa pues...».
Iniciativas que llevan a cabo, según dicen, con la conciencia tranquila y el convencimiento de quien se considera «inocente». Así lo expone Sam: «Considero que debo confiar en la justicia y que la justicia debe considerarnos siempre inocentes. Estamos actuando en legítima defensa propia porque están condenando nuestro futuro. No creo que vaya a ir nunca a la cárcel, pero si así es como el Estado quiere hacer la represión, así será», cuenta.
Una reflexión que Alba matiza. «Haré acciones en función de más aspectos de mi vida personal pero considero que lo que estamos haciendo es desobediencia civil no violenta. No creo que tengamos que ir a la cárcel pero, si hay que hacerlo, pues habrá que hacerlo».
Asimismo, ambos jóvenes dicen estar arropados por sus amigos y familia. «A nivel personal a mis padres les preocupa que les llamen diciéndoles que su hijo está en el calabozo pero, sinceramente, me apoyan. Y la gente de mi entorno está bastante de acuerdo con los métodos que hemos utilizado».
La intranquilidad es compartida por la familia de su compañera. «Mis padres estaban muy preocupados por cómo lo estábamos pasando en el calabozo. Se preguntaban si estábamos bien de salud, si teníamos frío, si habíamos comido... Y ha habido muchísimas amigas que nos han apoyado y nos han dado ánimos, así que por ese lado estoy contenta».
Pero, ¿cuál es ese mensaje que les ha llevado a pegarse (literalmente) al marco de la pareja de obras de arte más icónicas de nuestro país? «Acabar con el sistema agroalimentario industrial», al que, según cuenta Alba, consideran «el principal impulsor de la deforestación que hay en el mundo y uno de los principales responsables de las emisiones de gases de efecto invernadero». Por eso, el ideario tras su pegada en El Prado lo que busca, abunda la estudiante de biología, es «ir a la raíz del problema y cambiar el sistema político y económico actual».
subvenciones del gobierno
Sam dice que Futuro Vegetal busca que el Gobierno «deje de dar subvenciones a los dueños de las principales empresas de la industria agroalimentaria y que emplee ese dinero hacia un modelo social y ecológico con una alimentación basada en plantas». ¿Y cuáles son esas empresas o grupos que marcan la pauta a seguir para Futuro Vegetal? «Bajo un sistema capitalista no hay ninguna empresa que haga una transformación justa... y ecológicamente casi que tampoco», cuenta. «Nosotras creemos que es la población la que debe liderar el cambio», añade Alba.
Y eso pasa por la desobediencia civil. Las decisiones individuales, como el veganismo, no serían suficientes, pues «no se va a la raíz del problema». Dicen inspirarse en movimientos «como el antirracista de EEUU o las sufragistas en Reino Unido, que consiguieron el voto femenino a través de molestar. Incluso acuchillaron un cuadro de Velázquez».
Según El Prado, «los lienzos de las dos obras atacadas no han sufrido daños, aunque los marcos se han visto dañados». La sala reabrió a las 17.02 horas del mismo sábado sin rastro ya de la pintada de «+1,5º C» (si se supera en eso la temperatura global frente a niveles preindustriales los científicos consideran que se entra en el «caos climático».
La adhesión a los cuadros ha provocado incluso un cisma entre asociaciones de la prensa. Además de los dos activistas, dos periodistas -una de ellas colaboradora habitual de El Salto, medio que se define como descentralizado y de propiedad colectiva- fueron detenidas tras cubrir la acción de Futuro Vegetal. La Policía sospecha que su labor fue más allá del reporterismo. Desde la APM y la FAPE consideran que podrían ser «cómplices» y que «tendrán que responder». Mientras tanto, desde el Círculo de Corresponsales Extranjeros y desde Reporteros sin Fronteras han expresado «su preocupación» y piden que «le sean retirados los cargos».
También salió en su defensa la ministra Ione Belarra y su compañero de partido, Pablo Echenique. Por su parte, Sam y Alba recalcan que las informadoras «no son activistas de Futuro Vegetal» y que desconocían «en qué iba a consistir la acción». Habrá más, aseguran desde el grupo. La gran incógnita reside en el cuándo y el dónde. No quieren dar pistas. «Por seguridad», dicen.
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