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El dato que faltaba

El grito del apicultor Enrique: el 37% de las abejas están desapareciendo

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El valenciano ha reunido 110.000 firmas para que la apicultura sea considerada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO y proteger las colmenas. Sólo en España hay más de tres millones de reinas

El grito del apicultor Enrique: el 37% de las abejas están desapareciendo

Hace 25 años, Enrique, que hoy tiene 60 colmenas en Chivas y alrededores, entró a una iglesia, parte de un seminario, en la Comunidad Valenciana. Se podría decir que quizás, y sin exagerar, le hervía la sangre de la emoción. Y las vio. Estaban en la esquina de uno de los ventanales del templo. «Imaginaos como una pelota de baloncesto, todas ahí quietecitas protegiendo a la reina».

Ese fue uno de los primeros enjambres que Enrique Simó, biólogo veterinario y apicultor, recogió. Al llegar a casa, las sacó de la caja en la que las había puesto y las colocó en un nuevo lugar con un poco de cera. Con suerte formarían allí su colmena.

El hombre de Montroy (Valencia) es la cara visible y principal impulsor de una cruzada para lograr que el oficio de la apicultura sea proclamado Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. Y en consecuencia salvar a las abejas de los crecientes peligros.

En el último censo se contabilizaron tres millones de colmenas (con otras tantas abejas reinas) en toda España, sin contar las silvestres. A 100.000 abejas por colmena. Un valioso tesoro que salvaguardar. Enrique, en conversación con Crónica, añade que en toda Europa más del 37% de las abejas están desapareciendo.

Durante tres meses, a través de una petición en change.org, ha reunido cerca de 110.000 firmas que entregaron a final de mayo en el Ministerio de Cultura en Madrid. «Nos han dicho que ven muy viable nuestra petición porque hay dos propuestas aprobadas en Bielorrusia y Polonia», afirmaba Enrique a las puertas del Ministerio, ataviado con su traje blanco de apicultor.

De forma simultánea, en las consejerías de Cultura de 15 comunidades autónomas, colegas de Simó entregaban un informe sobre las razones que respaldan su iniciativa de declarar a la apicultura como patrimonio. Para el valenciano este logro es «un sueño», y recordaba las veces que le decían que no conseguiría nada con su iniciativa. «Hemos conseguido devolver la ilusión a miles de apicultores y defensores del medio ambiente», lanzaba.

Enrique es veterinario de Apiads, una agrupación de defensa sanitaria apícola que reúne a cerca de 600 apicultores y 100.000 colmenas de toda España. Cuenta que su primer contacto con este mundo fue cuando le tocó hacer una entrevista a una asociación de apicultores. Poco tiempo después se puso sus propias colmenas.

«Mi relación con la apicultura, al principio, era un poco como la historia del hombre con las abejas. Yo empecé como un caza enjambres, como recolector», relata. Le avisaban que había un grupo de estos insectos que se había posado en algún sitio y él las buscaba e intentaba rescatar. Hasta que el volumen de enjambres que recuperó fue tal que decidió dedicarse a ello durante todo el año.

Confiesa el apicultor que cada vez que encuentra un nuevo enjambre siente la misma emoción que aquella primera vez de la iglesia. Cree que en esa ocasión las abejas querían darnos un mensaje. Enviar una alerta.


UN LUGAR SAGRADO

Cada vez que el apicultor abre una de sus colmenas siente que entra en un lugar sagrado y al tocarlas tiene la sensación de estar manipulando "porcelana china". Ya son más de dos décadas los que lleva dedicándose a este oficio y las abejas le siguen maravillando.


Además de que ha sido considerada como una de las especies más importantes del planeta, es uno de los mejores bio-indicadores de la salud de la Tierra, según Enrique. Son capaces de crecer, de trabajar, de cooperar y resistir todo lo que puedan en beneficio del colectivo.


"La abeja le está mandando un mensaje clarísimo al homo sapiens. Nos está diciendo que nos creemos que somos la especie más sabia del planeta y estamos muy lejos de serlo. Somos contaminadores de los ecosistemas y pensamos que eso no tiene ninguna consecuencia", exclama el apicultor. A la vez que recuerda que el 75% de los alimentos que comemos dependen de la polinización. Y si las abejas desaparecen, no hay plan B.


Desde Apiads han hecho un seguimiento de la mortalidad de estos polinizadores en los últimos 10 años. La mortalidad normal de una colonia es de 25 abejas que perecen al día. Cuando son más las muertes se sabe que hay una causa externa.


Los principales enemigos de esta especie son los insecticidas. Los neonicotinoides son especialmente venenosos. Según el apicultor una gota de estos productos es como una bomba atómica para las abejas. Gracias al seguimiento que han hecho desde Apiads tienen datos científicos irrefutables (basados en análisis practicados) que les permiten saber por qué han muerto las abejas y dónde se han envenenado.


En la Comunidad Valenciana tienen entre 100 y 200 casos constatados al año de abejas intoxicadas. Cifras que, dice Enrique, son similares en otros puntos de España. "El 20% de colonias de abejas están sufriendo estas agresiones medio ambientales por tóxicos", enfatiza.


Las consecuencias de la reducción de colmenas se reflejan también en quienes las cuidan. Dice el valenciano que en España hay la mitad de apicultores que hace 10 años. Asimismo, cada mes conocen del caso de alguno que ejerce su actividad en modo de supervivencia. Un oficio milenario en el que, por si fuera poco, no hay relevo generacional.


Tras la entrega de firmas le anunciaron a Enrique, desde el área de convenciones de la Unesco, que ven mucho potencial en el proyecto. Por lo que le están ayudando a elaborar una candidatura plurinacional y así poder iniciar un procedimiento de manifestación representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial (PCI) a nivel nacional.

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