A las 17.46 horas del jueves, 3 de febrero el diputado Alberto Casero se dispuso a emitir su voto. No eran las mejores condiciones para él. Llevaba desde el lunes lastrado por una gastroenteritis muy dolorosa, síntoma de un colon irritable. Habían pasado 14 minutos desde que el grupo parlamentario popular les había indicado a todos el sentido del voto. Tampoco esas eran las mejores condiciones para él, un hombre más de apuntar que de teclear. «Más analógico que digital», lo describen quienes le conocen bien. «Un político con amplias lecturas que puede hablar con propiedad del Siglo de Oro hasta del último premio Nobel de Literatura o Economía».
Estaba con su iPhone personal en su piso de Madrid y desde allí emitió su voto decisivo. Cuando terminó y apareció el resultado de su elección se dio cuenta de que en el certificado aparecía un «sí» a la reforma laboral del Gobierno. Es lo que le ha contado a su entorno. En ese momento Casero se lo toma con calma: cree firmemente que su voto ha sido «no», pero considera que hay un error que se puede aún subsanar.
LA LLAMADA QUE NUNCA CONTESTARON
Entonces repasa los pasos que debe seguir. A las 17.49 horas llama al teléfono fijo del Congreso para intentar hablar con su presidenta, Meritxell Batet. Tiene claro lo que diría a quien contestara: «Oiga, me he dado cuenta de que mi voto sale mal y quiero rectificarlo en tiempo y forma antes... Pido, como antes se hacía, una segunda verificación [telefónica]». Este argumento es el que aparece en el Reglamento del Congreso: «Tras ejercer el voto mediante el procedimiento telemático, la Presidencia u órgano en quien delegue comprobará telefónicamente con el diputado autorizado, antes del inicio de la votación presencial en el Pleno, la emisión efectiva del voto y el sentido de este». Casero creía que lo que hubiera pasado tenía solución basándose en esa norma.
Llama sin éxito. A las 17.51 telefonea al secretario general del Grupo Popular, Guillermo Mariscal, y se produce esta conversación:
-¡Mi votación está mal! -le dice a Mariscal.
-¡Llama a Batet! - le contesta.
-¡No tengo su número! ¡Dámelo!
Y lo sigue intentando, sin éxito...
-¡Vente para acá! ¡Vamos a ver qué podemos hacer! No te preocupes, ya estamos nosotros tratando de hablar con ella -le responden en su partido. Ya para entonces en el PP se sabía internamente que ese voto sería decisivo. Que los diputados de UPN iban a desobedecer a su partido y que, con esos apoyos, los populares podían obtener una victoria sobre Pedro Sánchez.
Se cambia lo más rápido que puede. A pesar de su mal estado de salud, del dolor, de los vómitos y de una fiebre que supera los 39 grados, baja las cuatro plantas de su edificio, a escasos pasos de Génova 13, la sede del PP. Cree que puede llegar a tiempo. Hay tráfico y los 10 minutos que normalmente dura el trayecto se convierten en 17.
Mientras, a las 18.14, Batet está conversando con Cuca Gamarra, Guillermo Mariscal y Ana Pastor de lo que ha pasado con el voto del diputado Casero.
-Él quiere votar presencialmente.
-Si se equivocó, se equivocó... -respondería Batet según señalan dos personas que conversaron con los protagonistas de este diálogo. Los servicios informáticos del Congreso le confirman a Batet que no había fallo digital aparente.
Alberto Casero cruza la entrada y tarda dos minutos en llegar a la puerta del hemiciclo. Según su versión, corroborada por distintos miembros del PP, no le dejan pasar. A las 18.27 termina la votación de los 335 diputados. Abatido, a las 18.39 se le ve yendo por fin a su escaño. Ya Batet ha dado por válido su voto. Gracias a él se aprueba la reforma laboral.
De la euforia del PP se pasó a la del PSOE. Y el superfontanero de Génova, mano derecha del poderoso Teodoro García Egea y hombre apreciado dentro del partido, queda públicamente en evidencia. Le comienza a caer una andanada de estiércol digital por redes sociales: memes, burlas, insultos... Se mofan de su físico, de su capacidad intelectual... Borja Sémper tuitea: «Es un tema que importa poco, me temo, pero veo memes y muchas risas con el aspecto del diputado Casero. Luego que si el acoso, el bullying, el respeto, el físico, la salud mental y tal... Que no se note tanto el postureo».
Hundido y enfermo, Alberto Casero vuelve a casa. Quien era considerado «el Señor Lobo del PP», el que lo arreglaba todo -estuvo presente en la sala de máquinas del PP que salvó los muebles en Murcia, coordinó Andalucía y estos días se encontraba en plena campaña en Castilla y León-, era ahora era vilipendiado y, peor aún, había perdido el anonimato, tan útil para sus fines. Antes de este jueves, a Casero sólo le buscaban dentro del partido. En la planta cuatro de Génova, donde tiene su despacho, las colas para hablar con él eran extensas a diario. Sin horario, sin límite de tiempo. «Sin saber conducir, se las ingenia para ir a todas partes», dicen desde la cúpula del PP, de donde Casero es uno de los cinco líderes principales de facto, entre los diez primeros por organigrama.
«Estoy triste, pero bien...» es lo que responde a los pocos a quienes les contesta el teléfono. Él, que no rechazaba una llamada, ahora tiene el teléfono colapsado. Tras lo sucedido en el hemiciclo recibió una llamada de Pablo Casado, su amigo desde los tiempos de Nuevas Generaciones. Le daba ánimos, le mostraba su voluntad de solucionar el entuerto. Lo que se resume en el tuit que publicó el presidente de los populares a las 21.50 del día de la votación: «Recurriremos a la Mesa del Congreso y al Tribunal Constitucional para defender la voluntad del Parlamento. Es un fraude democrático contravenir el sentido de voto de un diputado para imponer la aprobación de un decreto. No se puede tolerar este atropello a las instituciones».
LA CONFIANZA DENTRO DEL PARTIDO
No ha habido una condena interna hacia Casero, quien mantiene la confianza de la plana mayor de Génova. «Es imprescindible, nadie como él conoce los engranajes del partido. Es una auténtica putada que le haya sucedido a él», dicen los que trabajan con Casero, acostumbrados a sus éxitos desde que lograra la alcaldía de Trujillo (Cáceres) con dos mayorías absolutas que le permitieron gobernar entre 2011 y 2019.
Abogado de profesión e historiador por vocación, su labor poniendo en valor el legado de su municipio fue aplaudida por sus vecinos. Al frente de la alcaldía, Casero ennobleció la Feria del Libro y el Festival Internacional de Música de la localidad con visitantes ilustres como Luis García Montero, David Gistau, Víctor Manuel, Luis Eduardo Aute...
«En Trujillo abrió las puertas del alcalde y hasta de su casa a todos... Los pobres venían a pedirle ayuda y él llegaba a dársela de sus propios bolsillos», recuerda un antiguo colaborador. «Vivía aquí con sus padres, eran de origen humilde, y especialmente su madre les abría las puertas cuando se cerraban las del ayuntamiento. No cobraba apenas su salario, decía que su pueblo lo necesitaba más».
El PSOE extremeño le tiene en la mira desde hace tiempo, pues le arrebató el poder. Sobre él pesan acusaciones por presunto delito de prevaricación por contratos que, sumados, superan los 100.000 euros. Todo en pausa, porque la investigación la ha llevado a cabo un juzgado local y, al ser aforado por su condición de diputado, Casero sólo puede ser imputado por el Tribunal Supremo. Quien le defiende subraya que todo es una vieja venganza de los líderes locales porque cada vez que podía sacaba las vergüenzas de lo que se encontró en el Ayuntamiento. En un discurso de hace tres años el propio Casero describió así lo que había heredado:
«Los ciudadanos y ciudadanas de nuestro municipio lo que buscan es que cada día su vida sea mejor. Y eso parecía imposible cuando un ayuntamiento como el mío, de poco más de 10.000 habitantes, tenía 6 millones de euros de deuda... Y un presupuesto inflado en 17 millones (...)».
El diputado Casero sabe que su retorno a la fontanería del PP tardará pero sucederá, porque continúa teniendo la confianza de los que mandan en el partido. Le preocupa más recuperarse y el estrés seguramente no ayude.
"TENEMOS QUE ESPERAR A QUE NOS PARTAN LA CARA"
Pero pronto dará la cara porque su filosofía sobre la política es así: «Tenemos que estar cerca de la gente, explicarnos, dar la cara... Y tenemos que esperar que a veces nos la partan. Pero también tenemos que esperar que a veces nos den un abrazo. Porque estamos con ellos, porque nosotros no sólo somos gestores, somos políticos», dijo en el discurso citado.
En su recuperación sigue acompañado por sus mejores amigos, los libros. De fondo, música indie española: acaba de comprar el último disco de Los Planetas, le gustan también Viva Suecia, Lori Meyers, Vetusta Morla... Defiende su carta enviada a Batet el viernes, un día después, donde dice con claridad lo que piensa sobre su voto: «Manifiesto que se ha visto vulnerado mi derecho fundamental al ejercicio del voto». Jura y perjura que su voluntad era votar «no» a la Reforma Laboral. Ahora sólo queda que la Mesa del Congreso lo reconsidere, algo poco probable. Y la vía judicial.
Dolido, dolorido, va recuperándose. Se aferra, dicen, a lo que siempre le impulsó a estar en la política. Lo recordó en un tuit del 23 de enero de este año, donde citó una frase de Gregorio Ordóñez (en el 27.º aniversario de su asesinato): «Aquí hay tres posibilidades: vivir como un cobarde escondiéndote en las alcantarillas, marcharte si tienes dinero o quedarte con todas las consecuencias. Es lo que he hecho yo». Y concluyó Casero: «Con él comenzaba mi vida política. Por él seguiré aquí».
Un error -humano o informático- ha desatado una guerra en la que Batet no cogió el teléfono.
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