Gran parte de la información sobre los efectos de las armas nucleares sobre la salud provienen de los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki en 1945 y los estudios sobre la evolución de los supervivientes. Las bombas empleadas en Japón tenían una potencia de 13 y 21 kilotones respectivamente, lo que provocó entre 160.000 y 210.000 muertes y la destrucción de una superficie de en torno a 20 kilómetros cuadrados en conjunto.
Se sabe que los efectos de una bomba nuclear dependen del tamaño de la ojiva, la distancia de la detonación y el entorno. Pero cualquiera de estas armas tiene un gran poder de destrucción. Un solo kilotón equivale a emplear mil toneladas del explosivo TNT.
La detonación de un arma nuclear produce, en primer lugar, una intensa bola de fuego que libera calor, ondas de choque y radiación.
En el epicentro de la explosión, la temperatura aumenta hasta alcanzar miles de grados centígrados, lo que destruye a cualquier ser vivo. Las quemaduras, no obstante, dependiendo de la potencia del dispositivo, pueden afectar a personas en un radio de hasta 3 kilómetros de la explosión, según un informe del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), que también advierte de los daños oculares y la ceguera temporal que puede provocar, por efecto flash, haber contemplado la explosión sin protección.
A la bola de fuego y el calor se sumaría, seguidamente, una onda expansiva que provocaría derrumbamiento de edificios y colapso de infraestructuras. Pero, además, la liberación de radiación tendría efectos inmediatos sobre el organismo de los individuos afectados. A dosis muy elevadas, esta radiación provoca daños graves en el sistema nervioso central y lesiones en el tracto gastrointestinal. Pero incluso con una exposición menor, esta radiación también puede afectar a la médula ósea e impedir la producción adecuada de nuevas células de la sangre, lo que afecta, por ejemplo, al funcionamiento del sistema inmunitario. Este efecto, además, puede extenderse en la distancia y en el tiempo. «El viento puede transportar la lluvia radiactiva a considerables distancias y afectar a una población mucho más numerosa que la aniquilada por la onda de choque y el fuego», señala el documento del CICR.
Los supervivientes del ataque, en cualquier caso, se enfrentan a un mayor riesgo de desarrollar en el futuro trastornos oncológicos, como el cáncer de tiroides o la leucemia. «Las enfermedades y muertes relacionadas con la radiación [en Hiroshima y Nagasaki] se siguen observando incluso hoy entre los sobrevivientes, ahora entrados en la ancianidad», señala el texto.
A estas consecuencias para la salud de un ataque nuclear habría que añadir los efectos indirectos que se derivarían de la destrucción y muerte de los recursos y el personal sanitario disponibles.
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