La prudencia, dice el sabio refranero español, es la madre de la Ciencia. A esa a la que el Gobierno de España dice haber confiado la gestión de la pandemia. Una gestión que solo ha brillado porque ha cosechado los éxitos de una estrategia de vacunación que ya contaba con una población propensa a inmunizarse contra diferentes enfermedades.
«Este año las Navidades van a ser mejores que las pasadas». Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, pronunciaba hace un mes estas palabras sin saber que debía haber esperado a que el virus no hubiera mutado, y que, con la llegada de ómicron y el repunte de casos en España, uno desligado del otro, las celebraciones de estas fiestas puede que no disten mucho de las anteriores.
Quizás poco cueste imaginar que, como hizo Charles Dickens en su Cuento de Navidad, como una suerte de Scrooge se empeña en cometer los mismos errores una y otra vez. ¿Qué nos mostraría hoy el fantasma de las Navidades pasadas?
En diciembre de 2020 se aprendieron conceptos nuevos como burburjas sociales, autotest, ventilación... Fueron las primeras Navidades atípicas en las que estar separados de los seres queridos era clave para evitar la transmisión del virus. Salvador Illa, ministro de Sanidad por aquel entonces, alentaba en el seno del Consejo Interterritorial de la semana previa a las fiestas a endurecer las medidas para contener el virus. En aquel entonces la incidencia acumulada era de 214,12 casos a los 14 días por cada 100.000 habitantes, a las puertas de llegar al riesgo máximo que en el antiguo semáforo estaba en los 250.
Ese fantasma del pasado también nos trae imágenes de cómo el entonces responsable de Sanidad advertía: «Que no va a ser una Navidad igual que la anterior, eso me parece que todos los españoles ya lo saben. No podemos hacer como si no pasara nada». Y llegaron las limitaciones de viajes entre comunidades para evitar la movilidad del virus, las restricciones en el número de personas en las reuniones familiares, en el ocio y la hostelería... Todo ello enmarcado en un estado de alarma que duraría hasta principios de mayo. Illa sintetizaba así cómo debían celebrarse las fiestas: «Se puede resumir en una frase, en Navidades nos quedamos en casa».
Pero, las medidas no fueron suficientes. Y pese a que el regalo de Reyes de las pasadas Navidades, la vacunación contra el Covid-19, se adelantara al 27 de diciembre, la tercera ola ascendió alto durante el mes de enero. Y aquella onda se convirtió en una de las más duras, con una presión hospitalaria elevada al borde del colapso.
Un estado de alarma y una serie restricciones que, como apunta a este diario la profesora titular de Derecho Administrativo de la Universidad de Castilla-La Mancha y expresidenta de Sespas (Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria), Josefa Cantero, «es preciso tener en cuenta que las medidas que se adoptaron para permitir que las comunidades autónomas pudieran limitar derechos fundamentales tampoco podrían adoptarse en el futuro recurriendo a otro estado de alarma».
Quizás aquellas imágenes andan lejos en nuestra memoria. A lo mejor para muchos españoles no, porque pasaron por los hospitales entonces y hoy sufren los efectos del Covid persistente. O porque echarán de menos a un familiar que falleciera a causa de la infección. Pero cabe recordar que los médicos, cuando aún no existía el escudo de la vacuna, enfatizaron: «Respecto al número de muertos solo relacionados con el Covid-19, a veces escuchar estos crueles números nos hacen perder la perspectiva (...), pero es como si cada día en España se estrellase un Airbus 320». Fue a través de un comunicado conjunto de 46 médicos catalanes, la mayoría responsables de unidades de los cuatro principales hospitales de Barcelona.
Juan Martínez Hernández, especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública, cuenta a este periódico que «el último día de los Santos paseé por un cementerio madrileño. Las lápidas señaladas con fallecidos de marzo y abril de 2020 y de enero de 2021 destacaban llamativamente por el número, y el colorido adorno de las flores frescas. Dentro de cien años se nos valorará y saldremos muy mal parados».
Porque en diciembre de 2020 se echaba de menos una Salud Pública fuerte y consolidada. «Nos hubiera ayudado mucho contar con un organismo potente encargado de la 'inteligencia en salud pública', de gestionar el dato sanitario adecuadamente, de aunar y aprovechar todas las capacidades de salud pública que existen ya en las comunidades autónomas. Este organismo estaba llamado a convertirse en la entidad responsable de proporcionar información útil para la toma de decisiones políticas en materia de salud pública. El desarrollo de la ley habría supuesto una ayuda muy importante para afrontar la crisis, no me cabe duda», lamenta Cantero.
Navidades presentes
¿Aprendimos la lección? El fantasma de las Navidades presentes nos muestra algo diferente. ¿O no del todo? «La situación actual aconseja reducir y limitar las interacciones sociales por parte de las comunidades con riesgo alto, así como desaconsejar encuentros de comidas y cenas navideñas; es lo más prudente. Además de eso, se requiere que los ciudadanos extrememos la aplicación de las medidas no farmacológicas: mascarilla, distancia e higiene de manos, porque funcionan», recuerda a EL MUNDO José Martínez Olmos, médico especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública y exsecretario general de Sanidad.
Si bien es cierto que nos encontramos lejos de la situación dramática del año pasado, hay similitudes que nos hacen pensar que no todo ha cambiado. La tasa de contagios alcanzó el pasado viernes el riesgo máximo contemplado en el nuevo semáforo (500) 511. Basta recordar que la cobertura vacunal ha hecho que este indicador pueda ser más amplio, porque lo que nos revela la gravedad de la onda no son las infecciones, en su mayoría por la protección de la vacuna (casi el 90% de la población diana en España cuenta con ella), sino los indicadores de presión asistencial: hospitalizaciones y UCI. En la actualidad, ocho comunidades ya están en riesgo alto.
Porque hoy, pese a que Sanidad desaconseje las reuniones familiares y los eventos en documentos técnicos, su actual titular, Carolina Darias, aboga no tanto por la implantación común de medidas, sino por la «cultura del autocuidado» y basa su fórmula para seguir combatiendo el virus en «vacunar, vacunar, vacunar. (...) Prevenir, prevenir, prevenir». A Darias esta situación no debe resultarle nueva ni ajena, porque hace un año, como ministra de Política Territorial y Función Pública, participaba en las reuniones de las comunidades con Sanidad durante los Consejos Interterritoriales.
Hay factores que han pesado en esta repetición de una Navidad atípica. Sanidad borró en el último semáforo la tasa de rastreo y eso ha condicionado saber cómo y de dónde venían los casos. «Las labores de rastreo son muy deficientes. La supresión de las cuarentenas a los vacunados es un error catastrófico. Todavía en los hospitales a los profesionales sanitarios se les niega el acceso a las mascarillas FFP2, en estricto seguimiento del nefasto protocolo vigente. La epidemióloga jefa de la OMS, María Van Kerkhove, se preguntaba recientemente cómo ya nadie se escandaliza con las muertes evitables. Suscribo plenamente su afirmación. La profunda deshumanización que subyace a la locución 'salvar la Navidad', contradice plenamente el espíritu de estas fiestas», subraya Hernández.
Otro de los obstáculos es que al escudo inmunológico de las vacunas le ha salido un enemigo escurridizo: ómicron. Una variante que pone en jaque la efectividad de la vacuna, que, si bien consigue evitar infecciones graves y mortales, no elimina la posibilidad de contagio. Raúl Ortiz de Lejarazu, virólogo y exdirector del Centro Nacional de Gripe de Valladolid, explica que «no está completamente probado que ómicron sea una variante más benigna. Los países africanos tienen una edad media más joven de su población y por tanto el riesgo es menor, en Europa podemos asistir a otra realidad. El camino natural de este virus, como otros respiratorios, es 'estacionalizarse', pero eso llevará tiempo».
A su vez, el exsecretario general de Sanidad apunta que «conviene tener una enorme prudencia con respecto a la nueva variante porque aún no se conocen todas sus características. En principio parece más transmisible y eso implicará más casos que, aun cuando fueran mayoritariamente leves, conllevarán más presión asistencial a todos los niveles. No hay que descartar ningún escenario». Por eso, Martínez Hernández insiste en que «la variante ómicron no es más leve, es solo el mismo espejismo estadístico que ya vimos con la delta y otras [la alpha o británica fue la protagonista del invierno de 2020]. Pronto veremos un ascenso sostenido de los casos y muertes a ella debidos».
Mientras eso ocurre, hay cosas que hoy pueden cambiar el rumbo de los acontecimientos. Martínez Olmos propone algunas: «El desarrollo y aplicación del programa de vacunas ha sido todo un éxito que ha contribuido a amortiguar de forma muy relevante el impacto en salud y en mortalidad. Quizás conviene definir las medidas necesarias en la restricción de las interacciones sociales cuando los niveles de alerta son altos y que eso sea algo a aplicar en cualquier lugar. Es decir, al nuevo semáforo aprobado en el Interterritorial le vendría bien un conjunto de medidas en el que las comunidades estuvieran comprometidas a aplicar».
Entre ellas, Martínez Hernández apunta varias: «Urge restringir los aforos de la hostelería, espectáculos y deportes al 50%, prohibir los eventos masivos y reducir las reuniones para cenas y comidas en casa al estricto núcleo de convivencia, junto a un toque de queda a medianoche. De lo contrario asistiremos a miles de muertes en enero y febrero de 2022. Nada de eso es posible ya después de las sentencias en contra de los estados de alarma y de la ominosa pereza legislativa del Gobierno». Al tiempo, este especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública alerta de que «la llamada cogobernanza es un auténtico desastre: es injusto y seguramente inconstitucional que en una Comunidad se exija el pasaporte Covid y en otra limítrofe, no».
Resulta que el marco jurídico ha sido otro de los talones de Aquiles de esta pandemia. Cantero deja claro que «la principal necesidad que tenemos, a mi juicio, es la de dotarnos de un adecuado marco normativo que nos dé seguridad jurídica para gestionar la crisis sanitaria como la que estamos padeciendo u otras similares que en el futuro puedan plantearse. Ello exigiría la elaboración de una nueva ley orgánica que, reformulando el régimen del estado de alarma y del estado de excepción, establezca un listado de herramientas, de potestades de intervención de los poderes públicos y autoridades sanitarias, que supongan una limitación de los derechos fundamentales de las personas».
Navidades futuras
En esa visita del fantasma de las Navidades futuras la situación queda condicionada por las decisiones actuales, enmendar errores y aprender lecciones. Martínez-Olmos pone sobre la mesa algunas ideas clave: «Creo que aun cuando hay áreas de mejora, la importancia de la prevención está quedando muy evidente ante las autoridades y la propia sociedad. Habrá que seguir dando pasos, pero estoy seguro de que la creación de la Agencia (o Centro Estatal) de Salud Pública, que estaba prevista en la Ley General de Salud Pública de 2011 y que verá la luz en 2022, será un gran paso adelante».
Ideas que refrenda la expresidenta de Sespas, cuando advierte que «hay escasos recursos presupuestarios que se dedican a la Salud Pública, solo el 1,1% del gasto sanitario público, esto es, unos 799 millones de euros, frente a los 44.000 millones que gastamos en los servicios hospitalarios y especializados. La tardanza en aprobar el marco jurídico de la salud pública es otro ejemplo representativo de esta desatención». Una argumentación que choca directamente con el mantra de Darias «prevenir, prevenir y prevenir».
Aquí el exdirector del Centro Nacional de Gripe de Valladolid subraya que la prevención, que en las pandemias juega un papel clave, no ocupa el lugar que debe en el sistema sanitario. «Prevenir la salud es una asignatura muy grande. Quizás en los últimos años se ha asistido a una menor atención hacia la prevención de enfermedades infecciosas y se ha trasladado el esfuerzo preventivo a otras más prevalentes, como diabetes, hipertensión, cardiovasculares; o sociales: tabaco, drogas, alimentación, demencias, suicidio, etc. De pronto, un virus nuevo ha reseteado todo y nos ha hecho ver que no se puede vestir un santo desvistiendo a otro. La prevención necesitará muchos más recursos y sus profesionales justificarlos».
Ortiz de Lejarazu recuerda que «hay que recuperar el sentido común, la constancia, la esperanza, los aplausos a los profesionales (aunque solo sean una vez cada quince días), la responsabilidad. Los eslóganes no vencen al virus; el comportamiento cívico y la solidaridad, sí». El virólogo destaca que las vacunas «deberían tener mayor duración de protección frente a enfermedad grave, deberían conferir más inmunidad mucosa, deberían ser más termoestables y asequibles si se quiere incrementar la vacunación mundial».
Desde la óptica de Martínez Hernández, hay tintes que dejan ver cierto desaliento. «Las vacunas, sin duda las de ARNm, se irán adaptando a las nuevas variantes. Probablemente antes del verano de 2022 nos tendremos que poner la cuarta dosis frente a la variante delta y ómicron u otras que puedan aparecer. Las actuales vacunas han salvado ya, como mínimo, 70.000 vidas, tantas como se perdieron en 2020. En ausencia de vacunas, el horizonte de mortalidad del Covid-19 podría llegar en España, como mínimo, al medio millón de personas». Al tiempo, se atreve a predecir que «la pandemia va a durar al menos una década y con las tibias medidas de control aplicadas se convertirá en una endemia y una de las entidades de la patología general más importantes: una amenaza permanente».
Como prueba de ello, este especialista en Medicina Preventiva y Salud Pública comenta que «siento desinflar las expectativas sobre nuevas vacunas o nuevas tecnologías. Ahora la industria está centrada en los tratamientos, al principio, prohibitivamente escasos y costosos. Han aceptado la endemia por Covid-19 y se preparan para una década de medicalización de la enfermedad. Se ha asumido, prematuramente, una derrota sin paliativos».
Para poder hacer frente a lo que venga, Cantero alude al marco normativo necesario: «De plantearse en el futuro un escenario de pandemia, el estado de alarma no permitiría al Gobierno suspender derechos fundamentales ni daría cobertura jurídica a las comunidades autónomas para que pudieran adoptar medidas limitativas de dichos derechos. Urge, pues, repensar el modelo y el instrumento adecuado para ello es una ley orgánica, que tiene el rango necesario para incidir en los derechos fundamentales y modificar los estados de alarma y excepción en los términos que se acuerden por mayoría en las Cortes Generales».
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